Notas Principales

!Que no se nos apague la vela! Demos raíces al futuro

La Observadora Incómoda

Lo confieso: este mes fui al supermercado y me encontré a una catrina con sombrero de bruja, colgada junto a una calabaza que sonreía con dientes de plástico. Las dos parecían igual de confundidas que yo.

Ninguna sabía a qué fiesta la habían invitado.

No me malinterpreten. No vengo a declararle la guerra a Halloween ni a los disfraces de vampiro. Cada quien puede ponerse colmillos si quiere y lo desea.

Lo que me hace pensar es otra cosa: que estemos tan ocupados decorando la muerte y que se nos olvide recordar a nuestros muertos.

En México presumimos con frecuencia que nos reímos de la Flaca, que le hacemos versos, que la vestimos de gala y la ponemos a bailar. Y es cierto.

Hagamos una prueba sencilla: ¿Cuándo fue la última vez que dijiste en voz alta el nombre completo de su bisabuela? ¿Sabes cuál era el guiso favorito de tu abuelo, o qué canción tarareaba mientras trabajaba?

Si la respuesta tarda en llegar, no te preocupes, no estas solo. Es justamente por eso que existe el altar.
En 2008, la UNESCO inscribió esta tradición como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Muy bonito el diploma, pero ningún organismo internacional va a venir a poner la foto de tu tía en la mesa.

Las tradiciones no se conservan en vitrinas: se conservan en las cocinas, en las sobremesas, en la terquedad de alguien que cada año saca la caja de las veladoras.

Aquí en el norte hay quien todavía piensa que el altar es cosa del centro o del sur. Error. La muerte no pide pasaporte, y la memoria tampoco. Nuestros difuntos también extrañan su cafecito, sus tortillas de harina, su carne asada de domingo. Y no, no hace falta gastar una fortuna: una mesa, una vela, una foto y un antojo bastan para abrir el camino. Lo demás lo pone la memoria y el cariño.

Lo verdaderamente valioso del altar no es lo que se pone encima, sino lo que se conserva alrededor. Cada objeto es un pretexto para contar una historia, y cada historia es un hilo que amarra a las nuevas generaciones con quienes vinieron antes. Un pueblo que olvida a sus muertos queda como hoja suelta: cualquier viento se lo lleva.

Rescatar nuestras tradiciones no es vivir mirando hacia atrás. Es darle raíces al futuro. Es decirle al olvido, con todo respeto, que aquí no tiene lugar.

Así que este 1 y 2 de noviembre, haga la prueba incómoda.

Encienda una vela, ponga una foto y diga un nombre en voz alta. Verá que la casa se siente distinta. Más llena.

Porque mientras alguien nos nombre, nadie se muere del todo.

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