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«Yo muero pero Dios no muere»: Anacleto Gonzalez Flores a 100 años de la Cristiada

Este 2026 se cumple un siglo del inicio de la Guerra Cristera (1926-1929), el levantamiento del pueblo católico mexicano contra las leyes anticlericales de la Constitución de 1917 y la llamada Ley Calles, que buscaba suprimir las libertades religiosas en el país.

En el centro de esa resistencia pacífica, intelectual y profundamente popular, destaca la figura del Beato Anacleto González Flores, «El Maestro Cleto», patrono de los laicos mexicanos.

Nacido en Tepatitlán, Jalisco, el 13 de julio de 1888, segundo de 12 hijos de una familia humildísima, hijo de un tejedor de rebozos. Antes de ser abogado, fue seminarista en San Juan de los Lagos y Guadalajara, catequista, obrero, periodista y orador.

Se tituló como abogado en 1921 con la convicción de «defender la Patria y la Religión». Casado y padre de dos hijos, ingresó a la Tercera Orden Franciscana Seglar y dedicó su vida a ejercer el derecho gratuitamente para los pobres y obreros.

Fue fundador de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) en Guadalajara y, sobre todo, de su obra cumbre: la Unión Popular, mejor conocida como «La U», un movimiento obrero, femenino, campesino y popular que fomentaba la catequesis y la resistencia católica.

Por esa labor de evangelización, el Papa Pío XI le otorgó en 1925 la Cruz Pro Ecclesia et Pontifice.

Cuando en 1914 fueron cerradas las iglesias de Jalisco y luego con la promulgación de la Ley Calles, Anacleto no llamó a las armas. Organizó un boicot pacífico, eficaz y masivo, que logró frenar durante años la aplicación de las leyes anticlericales. Fundó el periódico Gladium (espada, en latín) y La Palabra, que llegaron a 100 mil ejemplares.

El 1 de abril de 1927, a las 4 de la madrugada, soldados y policías rodearon la casa donde se encontraba en Guadalajara. Al verse rodeado, salió al encuentro de sus captores y dijo: «Si me buscan aquí estoy, pero dejen en paz a los demás».

Fue llevado al Cuartel Colorado, donde fue torturado cruelmente. Colgado de los pulgares y con la planta de los pies desollada, se le exigió que revelara dónde se escondían el obispo y los sacerdotes. Se negó.

Antes de ser ejecutado, con el corazón atravesado por una bayoneta, perdonó a sus verdugos y gritó la consigna que se volvería inmortal para los cristeros: «Yo muero pero Dios no muere. ¡Viva Cristo Rey!».

Murió a los 38 años, junto a tres jóvenes de la ACJM: Luis Padilla Gómez, Jorge y Ramón Vargas González.

Fue beatificado por Benedicto XVI el 20 de noviembre de 2005 en Guadalajara, junto a otros 12 mártires cristeros. En 2019, la Conferencia del Episcopado Mexicano lo declaró Patrono de los Laicos Mexicanos.

A 100 años de la Cristiada, el Maestro Anacleto sigue siendo prototipo de un católico comprometido: abogado, profesor, escritor, periodista, padre de familia y mártir que demostró que la fe también se defiende con la inteligencia, la palabra y el sacrificio.

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