Notas Principales

Farmear el aura y otras rebeldías: Cuando los adultos olvidamos que fuimos jóvenes

Por Gabriel Piñón

Hoy se presentó una situación peculiar y digna de análisis en el emblemático Plantel 1 del Cobach en nuestra capital. Un grupo de jóvenes decidió romper la monotonía escolar para «farmear el aura» —esa jerga de la chaviza que mezcla desde poses estilo Dragon Ball Z hasta coreografías y expresiones que hoy dominan las redes—. Lo que para ellos era una forma genuina de divertirse y generar comunidad en la cancha de volibol, para las autoridades escolares representó una molestia y un motivo de alboroto inaceptable.

No voy a decir que esta práctica me convenza del todo o que sea fanático de ella; de hecho, muchas expresiones juveniles actuales me resultan ajenas. Pero como docente, creo que debemos detenernos a pensar. Cuando fuimos jóvenes nos alimentábamos del reto, de la adrenalina y de desafiar a la autoridad —ojo, no digo que eso sea lo correcto, pues siempre debemos fomentar la disciplina y el respeto en nuestra juventud—, sin embargo, es urgente observar estas expresiones con atención y buscar espacios de convivencia donde ellos puedan manifestar sus inquietudes sin temor a ser aplastados.

Lo ocurrido demuestra cómo a veces las instituciones pierden la brújula. Cuando los prefectos de la institución observaron la manifestación de los jóvenes farmeando el aura en la cancha de volibol, lejos de dialogar, la tensión escaló: uno de los alumnos convocó a seguir farmeando en el conocido Parque del Auditorio Municipal, situado a unos metros del Bachi Uno. Ahí, en punto de las 13:30 horas, no solo se dieron cita los chavos, sino que también aparecieron algunas autoridades escolares que se enteraron de la «rebelión fúrmica». Fue ahí donde se desató la sanción que desembocó en que uno de los jóvenes fuera llevado a dirección para ser castigado con un día de suspensión y el llamado a sus padres, a pesar de ser un líder nato, respetado, querido y aclamado por la multitud al ingresar a la oficina directiva.

Basta con echarle un vistazo a esos álbumes de fotografía polveados y olvidados en el fondo de nuestros roperos para entenderlos. Muy seguramente encontraremos ahí a cholos, emos, cheros, darketos o tribus urbanas de antaño donde nosotros también fuimos los incomprendidos. ¿Quién no recuerda aquellas batallas de break dance o las épocas en las que el inolvidable Don Oscar de la Rosa recibía en Estrellas del Dos a toda esa chaviza premiándolos con bolsitas de chocolates Tecolote y Manicero?

Lo que vimos en las calles y canchas cercanas al Bachi Uno no fue más que el anhelo legítimo de divertirse y expresarse. Muchas veces los maestros confundimos el talento con la vagancia. Aprendamos a reconocer el liderazgo positivo de nuestros alumnos; no olvidemos que ser joven lleva implícito un toque de rebeldía indispensable. En lugar de reprimir y corretear a los muchachos por los parques aledaños, deberíamos encauzar esa energía construyendo espacios de libertad donde tengan la confianza de expresar sus sentimientos y emociones.

Censurar y calificar estas conductas con desprecio, como abunda en las redes sociales, solo desnuda nuestras propias limitantes como adultos. Como bien dice la canción de La Maldita Vecindad: «Ey, pa’, fuiste pachuco, también te regañaban; ey, pa’, bailabas mambo…».

Autoridades del Bachi: necesitamos líderes auténticos. Estos jóvenes tienen derecho a expresarse. Busquemos, entendámoslos y orientémoslos, porque al fin y al cabo, ellos son nuestro relevo generacional.

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