Notas Principales

El cuarto de azotea de Rulfo

En la azotea del departamento 6 de la calle Felipe Villareal, en Guadalupe Inn, había lo que hay en todas las azoteas de la Ciudad de México: un tinaco, una cuerda para tender ropa y un cuartito de servicio.

En ese cuartito, dentro de cajas de zapatos, Juan Rulfo guardó a México.

No es metáfora. Cuando murió, el 7 de enero de 1986, su familia abrió la puerta y encontró más de seis mil negativos enrollados, sin orden, sin fecha, sin firma. Algunos con hongos por la humedad. Eran 40 años de mirar sin presumir.

Rulfo nunca se dijo fotógrafo. Decía que era un aficionado, que solo tomaba fotos para no olvidar. Y sin embargo, desde 1949 ya publicaba en revistas y en 1980 colgó 100 imágenes en el Palacio de Bellas Artes que dejaron muda a la crítica. Susan Sontag, que no regalaba adjetivos, escribió: «Es el mejor fotógrafo que he visto en América Latina».

Caminaba distinto a los demás fotógrafos. No se llevaba la cámara al ojo para apuntar. Cargaba una Rolleiflex alemana colgando del cuello, a la altura del estómago, y miraba hacia abajo, hacia el visor. Así nadie se sentía amenazado. La gente seguía trabajando, rezando, cargando leña. Él solo disparaba, con diafragmas muy cerrados para que todo saliera nítido: la piedra del primer plano y la sierra del fondo, igual de enfocadas.

Era el mismo hombre que escribía Pedro Páramo por las noches en esa misma casa, pero él juraba que una cosa no tenía nada que ver con la otra. «La realidad no me dice nada literariamente, aunque pueda decírmelo fotográficamente», decía.

Y tenía razón a medias.

En sus fotos no hay fantasmas, pero sí está Comala. Están los llanos vacíos, las iglesias sin techo, los campesinos que miran a la cámara como si miraran a lo lejos, las filas de niños descalzos frente a un muro blanco enorme que los hace ver todavía más pequeños.

Es el mismo horizonte vacío, la misma figura humana mínima frente a lo inmenso, el mismo tiempo detenido. Solo que sin palabras.

Guardó todo en cajas de zapatos porque no quería exponerlo. No quería explicarlo. Para Rulfo, fotografiar no era hacer arte. Era una forma de quedarse callado y seguir mirando.

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